Hannah es una propuesta indie desarrollada por el estudio mexicano SpaceBoy. Combina una narrativa oscura, plataformeo 3D y puzzles en uno de los juegos hechos en México más llamativos de los últimos años. Controlas a Hannah, una pequeña cuya muñeca ha sido arrebatada. Y quizá una parte de su infancia. El título llamó la atención a nivel internacional por su diseño de arte, poderosa premisa y elementos ochenteros. Aunque a veces la cámara y el control se interponen entre tú y la historia que intenta contar, Hannah logra lo más difícil para un juego pequeño: dejarte pensando mucho después de haberlo terminado.
Hannah dice más en silencio
La historia de Hannah comienza con una escena sencilla: una niña busca su muñeca perdida. Pero pronto queda claro que la casa que recorre no es un lugar real, sino un espacio mental que refleja sus recuerdos y miedos. Cada habitación está llena de objetos que remiten a un pasado fragmentado. A medida que el jugador avanza, el entorno se deforma, cambia de tamaño, se oscurece o repite, como si la mente de la protagonista se resquebrajara en tiempo real.
No hay largas cinemáticas ni explicaciones directas. La narrativa se construye a través de notas, grabaciones y pequeños detalles visuales, lo que exige atención y paciencia. Si uno se limita a avanzar sin observar, es probable que el sentido completo de la historia se pierda. No es una trama compleja, pero sí requiere sensibilidad para interpretar lo que no se dice. En ese aspecto, Hannah logra transmitir más con sus silencios que con cualquier línea de diálogo.
Jugabilidad: lenta y contemplativa
El juego se desarrolla desde una perspectiva en tercera persona y combina plataformas, exploración y pequeños acertijos. En teoría, es una fórmula sencilla. Pero la ejecución tiene altibajos. El control del personaje puede sentirse rígido, y la cámara —con encuadres fijos o movimientos limitados— dificulta la precisión en algunos saltos. Este tipo de decisiones, si bien pueden ser intencionales para generar incomodidad, terminan siendo más frustrantes que inmersivas.
Los acertijos no son especialmente ingeniosos, aunque mantienen un equilibrio entre ritmo y ambientación. Casi todos giran en torno a activar mecanismos o encontrar objetos para avanzar. Su dificultad es baja, pero cumplen su función de mantener la atención sin romper la atmósfera.
La exploración es, sin duda, el núcleo del juego. Cada escenario invita a examinar los detalles: muñecas rotas, dibujos, relojes detenidos. Son elementos que construyen el trasfondo emocional de la protagonista. Sin embargo, la repetición de algunos ambientes y la falta de interacción real con ellos pueden hacer que, en su tramo medio, el juego pierda intensidad.
Un arte que apela a la nostalgia
En lo visual, Hannah tiene una dirección artística sólida. El juego emula el estilo de los títulos de finales de los noventa, con texturas planas, iluminación tenue y una estética VHS que le da identidad propia. Los escenarios, aunque limitados en tamaño, están llenos de pequeños detalles que refuerzan la sensación de estar dentro de un sueño perturbador.
La paleta de colores es fría y opaca, dominada por grises, marrones y luces rojizas. La intención es clara: hacer que el jugador se sienta incómodo sin recurrir al gore ni a la violencia explícita. Aquí no hay monstruos; el horror está en la carga emocional.
El apartado sonoro cumple un papel fundamental. La música ambiental y los sonidos distorsionados generan tensión constante. En varios momentos, el silencio absoluto es más efectivo que cualquier efecto de sonido. Jugar con audífonos mejora considerablemente la experiencia, ya que permite percibir el diseño espacial y los pequeños ruidos que insinúan la presencia de algo que nunca se muestra.
Aspecto técnico
Si bien el arte cumple, el rendimiento técnico deja algunos puntos débiles. Para esta reseña, tuve la oportunidad de comparar cómo luce el título, tanto en PC, como en Xbox Series X y PlayStation 5. Se aprecia que el título corre bien en PC, pero en consolas se perciben caídas de cuadros y texturas que tardan en cargar. También hay problemas de cámara y colisiones, especialmente en zonas con plataformas pequeñas. Son detalles menores, pero suficientes para romper la inmersión en ciertos momentos.
No obstante, el juego nunca pretende competir con producciones grandes. Es un proyecto modesto, y en ese contexto sus limitaciones resultan comprensibles. El mérito está en haber logrado una atmósfera coherente con los recursos disponibles.
Duración y ritmo
Hannah puede completarse en unas ocho o diez horas, dependiendo de cuánto tiempo dediques a explorar. La historia principal no cambia demasiado en rejugadas, aunque hay finales alternativos y detalles que solo se descubren al revisar con atención ciertos objetos. El ritmo general es pausado, y aunque puede sentirse lento para algunos jugadores, encaja con la naturaleza introspectiva del título.
Veredicto de Hannah
Hannah no es un juego perfecto, pero sí uno que sabe lo que quiere transmitir. Es íntimo, oscuro y melancólico. Sus fallos en control y cámara son evidentes, pero su narrativa simbólica y su diseño artístico logran sostener la experiencia. No es un título que busque asustar, sino provocar reflexión.
En un panorama donde muchos juegos de horror apuestan por el sobresalto o el impacto visual, Hannah opta por la contención y la emoción. Es un proyecto pequeño con una dirección clara y una sensibilidad poco común en el género.
No lo recomendaría a quienes buscan acción o terror constante. Pero sí a quienes disfrutan de historias introspectivas, con carga emocional y una atmósfera envolvente.






























